A pesar de haber sido criada como católica y haberme confirmado en México el verano pasado, siempre me había sentido desconectada de la fe con la que crecí. Nunca fui fanática de que la gente me dijera que ‘debería tener fe’ cuando tenía dudas y que se enojaran cuando hablaba sobre las fallas morales de la Iglesia. La hipocresía del catolicismo me tenía desilusionada, pero no quería abandonar mi religión por completo como adulta.
Recientemente, tuve una plática con una amiga (que no era latina ni religiosa) donde le conté mi experiencia con la religión durante mi adolescencia y me pregunto: “Entonces, ¿por qué no te alejas de la religión?”
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Pues … es una pregunta lógica. Pero como sabrán muchos latinos, tradicionalmente uno no puede hacer lo que da la gana, especialmente cuando se trata de religión. Recuerdo cuando le dije a mis padres que tenía dudas sobre ser católica hace un par de años — fue un momento muy incómodo.
Aunque considero que mis padres son católicos progresistas, puedo entender por qué no estaban contentos conmigo después de esa revelación. Según el Pew Research Center, solo 30% de los latinos en Estados Unidos no están afiliados a ninguna religión. Además, el catolicismo representa la mayoría de latinos que son religiosos. Es decir, la religión es tan importante en nuestra cultura, que si te alejas de la religión, se siente como una ofensa personal a los valores, la moral y la comunidad que te criaron.
Destiny Oquendo, estudiante de tercer año de ciencias políticas, explicó la posición de la religión dentro de su familia. Teniendo en cuenta que muchos latinos han heredado la religión de manera generacional, está inextricablemente entrelazada con la vida diaria, la vida social, las normas y las expectativas.
“Creo que [usamos] la religión como base común y muchas amistades se construyen así”, dijo Oquendo. “[La religión] juega una posición importante porque es generacional”.
Sin embargo, las opiniones sobre la religión están cambiando rápidamente en EE. UU. — incluyendo las comunidades latinas. El Pew Research Center estima que ha habido una disminución de 24% en el número de latino-americanos que se identifican como católicos entre 2010 y 2022, incluyendo muchos latinos jóvenes que han dejado atrás las afiliaciones religiosas. Mis padres, y probablemente muchos otros católicos de generaciones anteriores, podrían malinterpretar este cambio como resultado de una falta de fe. Sin embargo, pudiese venir desde un lugar de insatisfacción con las fallas de la religión organizada.
Anahí Jiménez, estudiante de cuarto año de sociología, es parte de este grupo de jóvenes que ha tenido dificultades reconciliando las fallas morales de la Iglesia con sus creencias.
“Digo que soy religiosa hasta cierto punto”, dijo. “Practico [el catolicismo], pero no estoy de acuerdo con muchas de las cosas que la Iglesia Católica hace o dice”.
Como Jiménez, no apoyo las acciones de la Iglesia, pero aun así no me considero atea. Creo en un poder superior, rezo y hago mi mejor esfuerzo para ser una buena persona. Desafortunadamente, el catolicismo simplemente no es la religión para mí. Aunque estamos avanzando hacia el futuro, el catolicismo, y una cantidad considerable de sus seguidores, no ha querido cambiar sus costumbres.
Problemas como innumerables encubrimientos de abusos sexuales, casos de violencia doméstica, odio hacia la comunidad LGBTQIA+ y guerras contra el derecho al aborto, han disuadido a los latinos jóvenes de participar activamente en la comunidad religiosa.
“[La religión] pone a todos en una caja, y si no encajas, o si estás un poco fuera de esta caja, eres diferente o no eres lo suficientemente ‘santo’”, dijo Oquendo.
Personalmente, me ha costado bastante entender si encajo en mi comunidad cuando se trata de religión; siento el amor cuando le cuento a mi abuelita sobre una ambición que tengo y ella dice que orará todos los días por mi éxito. Me siento segura cuando mis padres me hacen la señal de la cruz antes de regresar a la escuela. Me siento en conflicto al saber que hay partes de nuestra religión que me traen felicidad, pero también otras que me hacen reconsiderar seriamente mi participación. Y lamentablemente, no es un sentimiento desconocido o aislado, como lo demuestran Oquendo y Jiménez.
Incluso con mis aversiones personales al catolicismo, veo lo imperativo que es comprender y conectarme con mi familia de esta manera. Al mismo tiempo, siento que los latinos, como comunidad, deben esforzarse más para modernizarse y encontrarse con las generaciones más jóvenes a medio camino en términos de crear y sostener redes de apoyo — dentro y fuera de la religión. Más que nada, todos estamos intentando hacer lo mejor para nosotros y nuestras familias. No podemos hacerlo sin acercarnos los unos a los otros con paciencia y ternura.